Él lleva 20 años y antes lo
hacía su padre, con semanas en las que pescaba hasta 70 cuerpos
Tang Jia Tuo es una de las
muchas aldeas aisladas a las afueras de Chongqing que fueron
devoradas por la expansión imparable de la enorme metrópoli. Ahora no es sino
un pequeño arrabal ubicado como antaño en lo alto del cauce del río
Yangtze.
Chen Song solía bajar la
empinada cuesta para asistir a su padre, como este debía haber hecho con su
abuelo. Su profesión se heredó de generación en generación.
Chen Song en el río Yangtze. Heredó la 'profesión' de su
padre. JAVIER ESPINOSA
El pescador de 42 años se acerca a la orilla en un pequeño bote de
madera impulsado por un motor fuera borda. Era la antigua embarcación que usaba
para su trabajo, pero los beneficios del negocio le han permitido adquirir
recientemente una lancha rápida. Esta barca era muy lenta e inestable, asevera.
Enganchando los cigarrillos,
que consume uno tras otro -casi sin respiro-, Chen recibe a los visitantes en
su residencia. Él no habita en la aldea sino en una barcaza amarrada a
un costado del cauce fluvial. El río es un continuo trasiego de gabarras y
lanchones.
A menos de un kilómetro se
divisa el nuevo y espectacular puente que están construyendo las autoridades de
Chongqing. Las enormes grúas y plataformas colgantes constituyen un despliegue
abrumador de tecnología y progreso que contrasta tanto con la simplicidad en la
que vive el pescador como con su truculenta profesión. Porque Chen
admite que su especialidad nunca fueron los peces, sino los cadáveres.
Esta solía ser una buena ubicación
porque los cadáveres se quedaban atascados en este recodo (el río hace un giro
frente a Tang Jia Tuo). Pero ahora el nivel del agua ha bajado mucho. No es una
buena época para este negocio, aduce.
El habitáculo de Chen está
repleto de botellas y jarras con un líquido que se antoja aceite pero que no lo
es. Es licor; el alcohol me sirve para combatir la humedad y la dureza de
este trabajo, admite.
Chen aspira una amplia
bocanada de humo cuando se refiere a su desempeño. Lleva 20 años enfrascado
en una rutina que en Occidente podría parecer propicia para cualquier
desequilibrio mental. Cada día se levanta a las seis de la mañana y comienza a
avistar las aguas del entorno. Después patrulla con su lancha y la caña -en
realidad es una palo equipado con un garfio- a la búsqueda de despojos humanos.
Es un trabajo
muy sucio. El olor es terrible. Exige mucho coraje y ser audaz,
añade.
El rescate de cuerpos,
transformado en lucrativa profesión, es uno de los hábitos más polémicos
de China. Antaño no lo era. Como explicó el director Zhou Yu, autor del filme La Otra Orilla
-dedicado a estos singulares marinos de río-, en la época imperial los
propietarios de las pequeñas barcas que surcaban cauces como el Yangtze o el
Río Amarillo, recogían los cuerpos como un simple acto de solidaridad social
que les reportaba el respeto de los aldeanos. Pero eso ya se acabó y los
jóvenes ahora lo han convertido en un negocio, puntualizó.
La práctica se ha visto
alentada por los repetidos accidentes que se producen en estos ríos -la
natación no es un deporte excesivamente popular en la regiones chinas del
interior-; los incontables suicidios que genera una
sociedad que ha pasado del marxismo más estricto al capitalismo más desbocado y
competitivo; y el hecho de que las autoridades se inhiben en la mayoría de
estos casos.
Durante la década de los 90 y
el primer decenio del presente siglo, China figuraba entre los países con mayores índices de
suicidios. En 2011, el Diario Juvenil de Pekín citaba
estadísticas oficiales que apuntaban que un chino intentaba quitarse la vida
cada dos minutos y que 287.000 lo conseguían cada año.
Sin embargo, un estudio del
Centro de Investigación y Prevención del Suicidio de Hong Kong registró una
espectacular reducción de estos guarismos en 2014, cuando su investigación
arrojó una disminución del 58% de dichos sucesos.
Chen rebusca entre los
cajones de su barcaza y encuentra el manojo de pasquines que le suelen
traer los familiares que buscan a sus allegados. Mire este, es el último que me
han traído. Desde finales de febrero han desaparecido cuatro, dice mostrando
el folleto que inquiere por la suerte de Hu Shilin. Su rastro se perdió el 21
de noviembre de 2014 tras lanzarse al agua en el barrio de Chaotianmen, en la urbe
de Chongqing. Llevaba una camisa azul y tenía barba. Si alguien tiene
información sobre su paradero, por favor, contactar con nosotros, se lee en el
papel.
Aunque el rescate de
cadáveres debería ser una labor asumida por las autoridades, estas parecen haber
externalizado esta macabra tarea a personajes como Chen, que en teoría
desempeña su tarea bajo la tutela de la Policía local, que le paga entre 200 y 500 yuanes
(de 30 a
70 euros) por hallazgo.
Otro pescador junto a un cuerpo en el Río Amarillo JAVIER
ESPINOSA
Sin embargo, Chen reconoce
que en la mayoría de las ocasiones él negocia directamente con los familiares
de los deudos. El pescador asevera que su precio depende mucho de la capacidad adquisitiva
de los allegados y que puede oscilar entre los 600 yuanes (cerca de 90 euros) y
un máximo de 2.000 o 3.000 (entre 275 y 420 euros).
No se trata sólo de recuperar
el cuerpo. También me encargo de lavarlo y enterrarlo. A veces
solemos incinerarlos, menciona.
El estremecedor cometido de
Chen y sus compañeros de labores se ha visto rodeado por la polémica en muchas
ocasiones y se convirtió en un asunto viral en 2009, tras la muerte
de tres estudiantes en la ciudad de Jingzhou, en la provincia de Hubei, cuando
intentaban rescatar a dos pequeños. Sus compañeros y decenas de testigos
aseguraron que los pescadores ubicados en los alrededores se negaron a ayudar a
los chavales al aducir que sólo pescaban cadáveres.
Nos dijeron que eran 12.000
yuanes (1.651 euros) si era durante el día y 18.000 (casi 2.500 euros) por la
noche. "Primero me dais el dinero y después recuperamos los
cadáveres", nos indicó el jefe del barco, declaró uno de los
estudiantes, Jiang Menglin, en aquel entonces.
Las instantáneas del
reportero Zhang Yi en las que este mostraba a uno de los pescadores negándose a
devolver los despojos de uno de los chicos que había perecido
hasta no recibir la cantidad convenida, ganaron el premio más importante de
fotografía del país al año siguiente, lo que reactivó la controversia.
El escándalo se repitió el
pasado mes de diciembre, cuando la prensa oficial se
hizo eco del caso de los padres de un joven de 25 años que se lanzó al río Jinsha,
en la provincia de Sichuan, a finales de noviembre. Su cadáver permaneció flotando
en las aguas durante seis días, hasta que la pareja fue capaz de reunir los
5.400 yuanes (750 euros) que les exigían los pescadores para rescatar
sus restos.
Al principio me pidieron
18.000 yuanes (2.500 euros). Eran seis pescadores. Se lo pedí por favor, lloré,
les ofrecí 200
yuanes a cada uno, pero lo rechazaron, declaró el progenitor
del chaval al matutino.
El sexteto se justificó
diciendo que esa labor atraía la mala suerte y por tanto su precio estaba
justificado. Eso es puro chantaje. He escuchado muchas de esas historias.
Normalmente son pescadores de pescados (sic). Nosotros (los de
cadáveres) tenemos una responsabilidad. Es normal que nos paguen por este
trabajo, pero no se trata de conseguir una fortuna. Esa no es la
moral de China, clama Chen con el rostro adusto.
El pescador recuerda que hace
cinco o seis años escuchó un griterío por la noche y descubrió un barco
repleto
de obreros que se hundía no lejos de su barcaza. Conseguí
salvar a 13 trabajando durante varias horas, relata.
Conversar con Chen requiere
un ejercicio de abstracción que evite analizar el propio contenido del diálogo,
cada vez más tétrico. Se habla de muertos como si fueran mercancía y de técnicas
laborales tan sobrecogedoras como su propio desempeño. Porque él reconoce que
los casi 20 años que lleva en el oficio le han enseñado mucho. Le han otorgado
la posibilidad de adivinar el tiempo que tardará un cuerpo en subir a la
superficie según sea el tipo de su muerte -los que se ahogan nadando lo hacen
antes que los suicidas, que se hunden más en el fondo, algunos durante meses- o
la estación del año: En invierno se entierran en la arena porque el agua se
congela; en verano el agua circula más rápida y los cadáveres también. En 2005
encontré un cuerpo a trozos. Primero apareció el torso y después
las piernas, pero nunca hallamos la cabeza. Tampoco tenía piel.
Cada vez que encuentra los
restos de un ser humano, su primera acción es confirmar si le falta alguna
parte o tiene signos de haber sido golpeado o heridas. Si es así tiene que
llamar de inmediato a la
Policía por si se tratase de un crimen. De lo
contrario, los puede colocar en un terreno a la espera de que aparezcan los
familiares. Los que encuentran a los suyos tienen suerte. De cada 10 personas
desaparecidas no solemos hallar sino a tres o cuatro, sostiene el pescador.
Este comportamiento también
ha degenerado en ocasiones en imágenes tan turbadoras como aquel vídeo que
mostraba cerca de una docena de cadáveres flotando en el río, que
habían sido arrimados a la orilla y permanecían allí para que los allegados de
personas desaparecidas comprobaran si se trataba de sus familiares o no.
La única parte del diálogo
que permite recuperar el ánimo estriba en lo que Chen tacha como declive de su
profesión. Ahora hay menos gente que salta al agua (para suicidarse). En la
época de mi padre era normal pescar 150 o 160 por mes,
ahora la media es de 70 u 80. Recuerdo que en el año 2000 hubo un naufragio a 400 kilómetros de
aquí. El Gobierno movilizó a mi padre y él solo pescó 70 cadáveres en una
semana, refiere.
El equipo inicial que heredó
Chen estaba integrado por otros dos lugareños que compartían con él esta
ocupación. Tenían incluso que disputarse la zona con otra
cuadrilla, que fue disuelta por las autoridades -apunta Chen-
precisamente por cobrar precios disparatados a las familias.
No sé si este trabajo perdurará
cuando yo lo deje, sentencia.
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