El fútbol medieval que practican en Atherstone, a tiro de de piedra de
Leicester, tiene ante todo una regla: "Prohibido matar a nadie".
La segunda regla es que la pelota gigante que se
disputan a lo bestia los mozos del pueblo no salga de Long Street, la calle
principal, convertida en una gigantesca melé de rubgy en la que corre a
raudales la sangre, ante la complicidad de la policía local.
Un hombre perdió una oreja en la 820 edición del
Atherstone Ball Game disputada esta semana. Aparte de eso, no hubo
aparentemente daños mayores, más allá de los hematomas y de los destrozos
materiales sufridos por las tiendas locales, que quedaron como si hubiera
pasado un huracán humano.
La bestial tradición inglesa, conocida como al Royal
Shrovetide Football, se remonta a 1199 y escapó milagrosamente a la prohibición
decretada por el Highways Act de 1895, para prevenir las aparatosas y masivas
trifulcas callejeras.
Ashbourne y Alnwick son las dos otras localidades
donde ha sobrevivido la práctica del fútbol medieval, pero la más popular sigue
siendo la de Atherstone, celebrada todos los años el partido de fútbol medieval
de coincidiendo con el Pancake Day (el día para ponerse hasta arriba de huevos
y mantequilla, antes del ayuno que precede a la Pascua).
El ex entrenador del Aston Villa Brian Little fue el
encargado de dar este año el chupinazo, lanzando la pelota desde una ventana
sobre la multitud, poseída a partir de ese momento de una locura colectiva.
Decenas de voluntarios, equipados con chalecos amarillos, velan para evita que
la cosa vaya a mayores. Puñetazos, codazos, patadas, agarrones, lanzamientos en
plancha, tirones de orejas... De todo vale con tal de hacerse con el control de
la codiciada pelota. Finalmente gana quien consiga atraparla, al cabo de dos
horas de pelea sin cuartel, a la cinco de la tarde con puntualidad británica.
Por cuarta vez, el ganador fue Jonathan Slesser, coronado como el vencedor de
la secular edición de la 'Champions' de Atherstone.
CARLOS FRESNEDA Londres
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